Siento mucho la tardanza por los capítulos. Se que son cortos y tardo mucho en publicarlos, así que intentaré evitar esto.
La chica se paró en frente nuestra y nos miró. Hubo un instante de silencio. Esta escondía su brazo izquierdo detrás de la espalda, como si quisiera ocultar algo. Simon y yo no hicimos nada, yo decidí esperar a que ella dijera algo.
—¿Quiénes sois? —dijo.
—Venimos de la Tierra. ¿Te suena? —respondí, sin ningún miedo.— Ryu nos acaba de traer aquí, pero por ahora no tenemos nada que hacer.
La chica se quedó en silencio por un momento.
—Así que vosotros sois los nuevos. Qué poco ha tardado en traer más gente. —dijo, sin expresividad en la cara. —Habéis de saber que ese tipo trae a mucha gente aquí. La mayoría regresan a casa por miedo, otros no sobreviven y algunos se quedan aquí a vivir felizmente.
—¿Cómo? —dije, un poco asustado.
—Lo siento, tengo cosas que hacer.
La chica dio un paso, pero Simon la interrumpió.
—Oye, oye. —dijo él, elevando un poco el tono de voz.— ¿Quién eres tú?
—Mi nombre es Shimizu Chiro, soy japonesa y tengo 12 años. —dijo ella, tan tranquila como cuando empezamos a hablar. Se ve que es una chica seria.— Pertenezco al equipo B.
—¿En serio una niñita como tú pelea? —dijo Simon, sin tener en cuenta que él era menor que ella.
Le di un codazo a Simon, para que mantuviera el pico cerrado por un ratito, que a veces se le va la olla. Quería saber cuantas más cosas mejor, así que intenté que la conversación con esa tal Shimizu siguiera.
—¿Entonces eres del equipo B? —pregunté.— ¿Vives aquí?
—Sí. ¿Por qué lo dices tan extrañado?
—No, por nada. —respondí nervioso.— Es que se te ve un poco... Bueno, que no te imaginaría peleando contra el mal y esas cosas. Es decir, eres una niña... y pareces...
—¿Débil?
Shimizu parecía un poco enfadada, pero no se notaba mucho. Estaba poniéndome nervioso y no sabía que contestar. Saco su brazo de detrás de la espalda y se quitó el guante que le cubría todo el brazo. No podía creer lo que estaba viendo, tenía todo el brazo de metal, como un robot. Apuntó el brazo hacia nosotros y este se empezó a convertir poco a poco en una gigantesca arma lanza-misiles, que podía disparar 8 veces al mismo tiempo, haciendo sonido chirriante. Simon se cayó al suelo del susto, pero yo permanecía inmóvil, asombrado por lo que veía, pensando que si cosas como esta serían normales en este mundo.
—Ya que lo sabéis, espero que no me habléis como si fuera una renacuaja debilucha. —dijo, mientras el arma comenzaba a recuperar la forma de brazo que tenía.— Y no hagáis preguntas, Daichi y Simon.
Shimizu se puso el guante y se largó. No me sorprendió que se supiera nuestro nombre, seguro que Ryu ya lo estaba contando por ahí. Le di la mano a Simon para que pudiera levantarse, y le dije que a veces se comportaba como un completo estúpido, pero no se lo tomó mal. Me conoce, y ya sabe que no lo decía con mala intención. A continuación, seguimos andando hacia adelante.
El pasillo estaba oscuro, solo unos pocos rayos de luz entraban por las ventanas. La decoración me recordó a la de un palacio antiguo. Había habitaciones a la derecha y ventanas a la izquierda. Entre ventana y ventana había una mesita con un jarrón lleno de flores en ella. El sitio era bonito y acogedor, pero bastante grande como para vivir solo. De pronto, se me vino a la cabeza que puede que las personas que Simon y yo hemos visto —Ryu, Lily, Alice y Shimizu— no son las únicas que viven en esta enorme casa. Y estaba en lo cierto.
En la habitación siguiente se escuchaba el sonido de un piano. Era una melodía alegre y tranquila. Llamé a la puerta para ver de quién se trataba. Una voz femenina dijo: “Adelante”. Entonces abrí la puerta. Me encontré con una habitación grande, con muebles normales y corrientes. La decoración era típica de una chica: pintura rosa, posters en la pared, peluches, etc., aunque lo que más llamaba la atención era el piano de cola en el centro de la habitación. La chica estaba sentada en frente del piano, tocando la melodía, pero paró cuando nos vio y la pude ver bien. Era una chica de la misma edad y altura que Lily y Alice, con el pelo rosa y largo y ojos marrones. No se me ocurrió nada más que decir “hola”, ya sin timidez, acostumbrado a toparme con gente extraña. La chica, sin ponerse de pie y sin apartar la vista de nosotros, nos dijo:
—Vosotros sois los chicos nuevos, ¿no? —su voz era muy dulce.
—Eh... sí. Somos los nuevos, sí. —dije mientras giraba la cabeza por nervios. Aunque intente evitarlo, siempre he sido un chico tímido al que le cuesta hablar con gente nueva— Bueno, acabamos de llegar hace nada y eso... y nos quedaremos aquí.
—Yo solo hago lo que me dice. —intervino Simon.
—Tu te callas. —le dije.
—¿Él es tu hermano pequeño? Simon, el chico inglés ¿verdad? —dijo ella— Y tu eres Daichi, el chico japonés.
—¡Exacto! —dijo Simon. Al parecer pasa de hacerme caso.
—Ah, ya. —la chica agachó la cabeza para saludar. Me di cuenta que aquí tienen algunas costumbres japonesas— Mi nombre es Marina. Encantada de conoceros.
Simon y yo le devolvimos el saludo. Marina levanto la cabeza y dijo:
—A propósito, Ryu os está buscando. —dijo— Será mejor que vayáis, a ver qué quiere.
Me despedí de Marina y me dirigí hacia la habitación donde conocí a Ryu, mientras pensaba por el camino en Marina. “Parece una buena chica, será fácil llevarme bien con ella pronto”, me decía a mi mismo.
Llegué a la habitación y Ryu estaba allí sentado en su silla. Se bajo de ella dando un salto y me dijo:
—¿Qué os parece la gente de aquí?
Rápidamente, pensé en Alice y en Shimizu.
—Rara. Excepto Lily y Marina.
—¿Y yo?
—Bueno, no se... —nunca me habían preguntado acerca de qué pensaba sobre la persona que me hace la pregunta. Es un poco incómodo responder— ¿Por qué lo dices?
—Por que vas a tener que pelear contra mi.
Me sentí confuso y asustado.
—¿Por qué yo? —pregunté nervioso, y Ryu se me acercó. Soltó una carcajada y me puso la mano en un hombro dando un golpecito.
—Es solo una pequeña prueba —sonrió— ¡No te asustes!
Al oír eso me calmé un poco. Me gusta Ryu. Demuestra que puedes confiar en él sin ningún problema, y con solo un gesto o una palabra puede tranquilizarte.
—¿Y Simon? —pregunté.
—Conmigo. —dijo una voz femenina que salía de una persona que acababa de entrar por la puerta. Era Lily.
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